domingo, 19 de febrero de 2012

Yo soy como la tarde

Yo soy como la tarde. Un puente que conecta dos estados lo suficientemente grandes como para que él mismo pase, casi, por desapercibido. El cielo se derrama suavemente por entre las ramas de los árboles en gotas de sustancia anaranjada; el tiempo se detiene aunque los minutos sigan avanzando: la tarde es una pausa incómoda que no siempre se decide vivir despierto. Si lo pienso con más cuidado, la tarde también fue creada para el sacrificio: su efemeridad la condena a una muerte inminente; las mañanas la empujan hacia el descoloramiento y las noches la atropellan con sus largos brazos oscuros. ¿Quién decide vivir las tardes? ¿Quién decide convertir su misma existencia en este sacrificio? El conocimiento del corazón humano es una aventura peligrosa. Es de unos pocos reconocer que la válvula que llevamos en el pecho tiene fecha de caducidad; que los ojos con los que vemos algún día estarán tan vacíos como lo está el aire fresco de la noche; que las manos con las que tocamos lo que llamamos nuestro algún día desaparecerán de la misma manera en que la luz cegadora del sol desaparece cualquier rastro de la humedad de la madrugada. Aquí reside el encanto de la tarde: en ser, por sí mismo, un pequeño instante de piedra (y, al mismo tiempo, el instante más frágil) que recuerda que caminamos sobre la nada y nos dirigimos, también, hacia la nada.  Aunque pareciera que todo el encantamiento de la tarde termina sobre esta última realidad; el cielo, la luz que lo transforma, la forma en la que las hojas se encienden de miles de tonalidades de verde, el frescor que proviene de las esquinas de la ciudad, los rumores lejanos que trae consigo la hermosa muerte de la tarde; todo ello, se acerca hasta el lugar desde dónde observo el sacrificio y me envuelve de su fugacidad. Entonces, concluyo: soy como la tarde. Soy un puente. Tengo los días contados y seré hermoso por el más breve de los instantes aún cuando nadie esté presente para ser testigo.