viernes, 31 de mayo de 2013

Marcas en el cuerpo

¿Por qué insistía en no olvidar aquello que le había ocasionado tanto dolor? Le expliqué que el cuerpo del hombre está diseñado para perder memoria de aquellos instantes en donde el dolor cruza el umbral de lo soportable y se convierte en algo parecido a un sonido tan agudo que se confunde con el silencio. Él, por su parte, me explicó que no quería dejarlo ir y que por eso había decidido marcarlo en su pierna: desde arriba en el muslo hasta su rodilla. Me dijo que sí, que el dolor de la marca había sido de una intensidad que merecía respeto aunque tampoco se pudiera decir que se compara al dolor del cual provino la marca en su espíritu y que, al mismo tiempo, originó la marca en la piel. No acostumbro a indagar sobre cicatrices, marcas o lunares en el cuerpo de mis amantes; pero, aquello llamó tanto mi atención que ni siquiera esperé a la primera bocanada del cigarrillo. Era negra y se extendía sobre su piel blanca. Tenía brazos y tenía mirada aunque no tenía ojos. También tenía voz. Contaba una historia sobre el dolor en donde, realmente, no importaba quiénes eran los personajes mientras que se entendiera que el dolor es real y que, como a otros, a este hombre también lo desfiguró. Sus palabras confirmaron lo que mi percepción había alcanzado a descifrar. Pasé mi mano sobre su marca. Lo hice suavemente y con un mínimo de distancia entre mi tacto y su piel. Su marca estaba viva. Finalmente, se sentó en el colchón y mientras se abotonaba su camisa me dijo que mi pregunta no había sido la adecuada. Que no es que no quería olvidar a lo que le había ocasionado dolor; sino, más bien, no quería olvidar al dolor mismo. Que el dolor es corrosivo y destruye, desde adentro, al hombre y lo minimiza hasta la altura de los insectos. Pero que, y esto es lo más importante,me dijo; otorga perspectiva. Y que él entendía lo poco que entendía de la vida por la perspectiva que le dio el dolor cuando le ablandó los huesos y lo pisoteó. Que ojalá hubiera otra forma de hacernos entender lo mismo, pero que no creía.

Se subió los pantalones y ocultó la marca.

lunes, 27 de mayo de 2013

Agua viva

Casi siento la caricia húmeda de las aletas del pez que llevo vivo a la altura del tórax. Se mueve, elegante, en el perímetro invisible de lo que ha definido como su universo. Su posible extinción me hace traer a este tiempo las sombras metálicas que trae consigo el dolor. Su existencia no se mide a partir del día en el que decidió adjuntarse a mi cuerpo; sino, como un conteo de los días que aún permanece depositado en una burbuja invisible compatible a mi cuerpo. Miro sus ojos redondos sin expresión, las puntas alargadas de sus aletas, la forma en que está diseñado para ser un espejo en el fondo del mar: sus atributos me asfixian. Me entorpece la respiración rodear la idea de su partida. Veo mis ojos sin expresión, pálidas las puntas de mis dedos y mi rostro como el consecuente reflejo de la falta de armonía. ¿En qué momento decidirá irse? ¿Adónde irá? ¿Volverá? El pez me ha elegido porque mi cuerpo puede ser como un río: un flujo constante de láminas en perfecta cohesión, continuo, ininterrumpido. El pez decidió partir porque mi cuerpo dejó de ser como un río y se volvió más parecido a un charco. Ahora trabajo constantemente en hacer de mi cuerpo un espacio de agua viva. Cierro los ojos y casi siento la caricia húmeda de las olas que se forman a mis pies. Pienso en la irrelevancia de las consecuencias a la sombra de la disposición.

No quiero tener más peces, quiero ser agua viva.