lunes, 11 de noviembre de 2013

Ojos tristes

        El doctor me dijo que debía mantenerme alejado de los de los ojos tristes. Así lo había hecho por tiempo considerable; hasta que, a inicios de este año, viajé a la ciudad adonde viví tiempo atrás cuando aún no sabía que me perjudicaban los ojos tristes. Él era alto, delgado y de cabello claro. El lugar adonde estábamos era una discoteca sin ningún indicio de carácter e infectada con humo de mal gusto que los propietarios soltaban intermitentemente para, quizás, disfrazar la fealdad de los muebles del lugar. Tenía la mano derecha adentro del bolsillo de la chaqueta. Jugaba con el filtro de un cigarrillo que aún no tenía la voluntad de llevar afuera y encender. El tipo se acercó por la derecha, se detuvo y comenzó a balancear suavemente sus brazos de adelante hacia atrás. Dejé de jugar con el cigarrillo y lo puse a la vista.
-        ¿Tenés otro por ahí?

-        Sí.

Salimos y la noche, con su ruido y su humedad, nos golpeó en la frente. Afuera era más notorio que el tipo llevaba puesta una chaqueta muy masculina y de muy buen gusto: una prenda de ropa que habla muy bien del que la usa. Además, tenía una mirada marchita que dejaba fácilmente ver que alguna vez estuvo viva a través de dos ojos verdes. El primer cigarrillo debió habérselo consumido la ciudad o la noche.

-        ¿Tenés uno más?

-        Sí.

Había regresado a vivir con sus papás recientemente. Trabajaba haciendo algo diferente a lo que realmente quería hacer y tenía el corazón roto. Otro tipo con el que salía se había acostado con un viejo amigo y la historia se complicaba porque, de por medio, había una cantidad respetable de años y todo lo que ese tiempo hace que uno espere y planee: ya sea en voz alta o en silencio. Apagué la segunda colilla en el pavimento. El tipo tomó consciencia de su confesión y quiso maquillar el rastro que había dejado con un triste coqueteo que me dejó ver, aún más, la tristeza en la que estaba sumergido.

Le pregunté si regresábamos adentro por una cerveza o algo más. Me sonrió quizás aliviado de que la conquista continuara aún después de lo que había dejado escapar. No me dejó pagar la cerveza y se sentó a mi lado en una parte del bar que se había decidido pintar en colores rojos y anaranjados. Adentro del bar, el tipo me parecía menos triste. Si me esforzaba, podía mezclar su piel y las facciones de su rostro con la densidad del aire y el constante golpe rítmico de la música en el fondo.

-        ¿Cómo hago si quiero ir a un lugar más privado?

-        ¿Un lugar más privado?

-        Un lugar adonde sólo estemos los dos.

Atropellé sus palabras por la ansiedad que me dio pensar en caminar con él por las calles húmedas brillantes por la débil luz del amanecer. No estaba seguro de querer conocerlo bajo la luz del día. No sabía si el encanto de su tristeza sobreviviría la noche.

Desde el hotel que pagamos, se levantaba el centro de la ciudad con edificios grises y materiales ásperos. La ciudad no invitaba, parecía cerrarse sobre ella misma y el color cálido de la luz solo la hacía más agresiva. El tipo estaba acostado boca arriba encima de unas sábanas que ninguna persona jamás podría llamar propias. La mirada la dirigía al techo y, por lo desfigurado de la mueca en su rostro, noté que había leído mis intenciones en el modo de mis caricias. Se vistió rápidamente y me miró de reojo para indicarme que la salida estaba programada en pocos minutos.

-        No sé nada sobre vos.

-        Te dije mi nombre y mi edad.

-        Sí. Pero, ¿sobre tu historia? ¿Qué haces acá?

Como despedida le di un beso en la mejilla y un apretón de manos. Le pedí insistentemente al tipo de la entrada que me dejara entrar nuevamente a la discoteca. Adentro había pequeños grupos de personas bailando o buscando cosas en el suelo con la luz de sus teléfonos celulares. Después de un último trago, pedí un taxi para regresar al lugar adonde me hospedaba. El taxi olía a orines. Bajé la ventana y dejé entrar el frío de las seis de la mañana. La ciudad aún no despertaba y en ese instante previo al ruido y la rutina, la ciudad era infinitamente triste. En el aire frío y afilado de la mañana perfumado ligeramente con orines, en la mancha de algún cóctel azucarado en mi camisa, en mi chaqueta despidiendo un insoportable olor a cigarro, en lo absurdo de la música que el taxista estaba escuchando, en lo triste  de los hombres, en acercar un vacío a otro, en la más pura de las tristezas: ahí había belleza.

Ahí estaba yo.

miércoles, 10 de julio de 2013

Conquista

Desperté en la habitación de mi hostal dos horas después de haber tomado unas cuantas copas del cabernet sauvignon que me habían ofrecido en un café. Eran las siete y cuarenta minutos. Estaba solo: como debería ser. Me arreglé apresurado y salí por el portón de metal: el frío de la noche me golpeó en el pecho. Tomé unos cuantos minutos para ubicarme: estaba en una ciudad que, aunque extranjera, había visitado un ciento de veces. ¿Cómo era posible que me intimidara? ¿Cómo era posible que me detuviera a unos cuantos metros de mi hostal y considerara regresar a la cama, a los confines de donde-no-pasa-nada? Brotó en mi cabeza una voz: “Me pone nervioso la idea de que nada tenga sentido”  Apresuré el paso con la esperanza de que el pensamiento se difuminara en el azul frío de la noche. Me decidí por un restaurante francés. También escogí vino: esta vez malbec. Bajaba por mi garganta, denso y aterciopelado, y recorría mi sangre repitiendo con un tono más amigable: “Me pone nervioso la idea de que nada tenga sentido.”  Dejé salir una carcajada modesta: por supuesto que me pone nervioso esta idea. ¿A quién no? Ordené una copa más: el malbec, esta ciudad y yo concordábamos en la reacción natural frente a este pensamiento. Pedí la cuenta de la cena y acomodé mi abrigo para regresar a la noche. Prendí un cigarro y a menos de diez pasos apareció nuevamente  la voz repitiendo lo mismo que antes. El humo del cigarrillo se escapó entre el espacio que hicieron mis labios para gesticular una sonrisa. Las cosas habían cambiado. No podía decir que la idea de que estamos regidos por el azar me provocaba incomodidad alguna. Ahora, frente a la misma idea, mi cuerpo reaccionaba con alegría: “Me encanta la idea de que nada tiene sentido.”  Decidí que, al igual que el primer pensamiento, yo también me difuminaría en el azul frío de la noche.

Hasta adónde recuerdo así fue.

viernes, 31 de mayo de 2013

Marcas en el cuerpo

¿Por qué insistía en no olvidar aquello que le había ocasionado tanto dolor? Le expliqué que el cuerpo del hombre está diseñado para perder memoria de aquellos instantes en donde el dolor cruza el umbral de lo soportable y se convierte en algo parecido a un sonido tan agudo que se confunde con el silencio. Él, por su parte, me explicó que no quería dejarlo ir y que por eso había decidido marcarlo en su pierna: desde arriba en el muslo hasta su rodilla. Me dijo que sí, que el dolor de la marca había sido de una intensidad que merecía respeto aunque tampoco se pudiera decir que se compara al dolor del cual provino la marca en su espíritu y que, al mismo tiempo, originó la marca en la piel. No acostumbro a indagar sobre cicatrices, marcas o lunares en el cuerpo de mis amantes; pero, aquello llamó tanto mi atención que ni siquiera esperé a la primera bocanada del cigarrillo. Era negra y se extendía sobre su piel blanca. Tenía brazos y tenía mirada aunque no tenía ojos. También tenía voz. Contaba una historia sobre el dolor en donde, realmente, no importaba quiénes eran los personajes mientras que se entendiera que el dolor es real y que, como a otros, a este hombre también lo desfiguró. Sus palabras confirmaron lo que mi percepción había alcanzado a descifrar. Pasé mi mano sobre su marca. Lo hice suavemente y con un mínimo de distancia entre mi tacto y su piel. Su marca estaba viva. Finalmente, se sentó en el colchón y mientras se abotonaba su camisa me dijo que mi pregunta no había sido la adecuada. Que no es que no quería olvidar a lo que le había ocasionado dolor; sino, más bien, no quería olvidar al dolor mismo. Que el dolor es corrosivo y destruye, desde adentro, al hombre y lo minimiza hasta la altura de los insectos. Pero que, y esto es lo más importante,me dijo; otorga perspectiva. Y que él entendía lo poco que entendía de la vida por la perspectiva que le dio el dolor cuando le ablandó los huesos y lo pisoteó. Que ojalá hubiera otra forma de hacernos entender lo mismo, pero que no creía.

Se subió los pantalones y ocultó la marca.

lunes, 27 de mayo de 2013

Agua viva

Casi siento la caricia húmeda de las aletas del pez que llevo vivo a la altura del tórax. Se mueve, elegante, en el perímetro invisible de lo que ha definido como su universo. Su posible extinción me hace traer a este tiempo las sombras metálicas que trae consigo el dolor. Su existencia no se mide a partir del día en el que decidió adjuntarse a mi cuerpo; sino, como un conteo de los días que aún permanece depositado en una burbuja invisible compatible a mi cuerpo. Miro sus ojos redondos sin expresión, las puntas alargadas de sus aletas, la forma en que está diseñado para ser un espejo en el fondo del mar: sus atributos me asfixian. Me entorpece la respiración rodear la idea de su partida. Veo mis ojos sin expresión, pálidas las puntas de mis dedos y mi rostro como el consecuente reflejo de la falta de armonía. ¿En qué momento decidirá irse? ¿Adónde irá? ¿Volverá? El pez me ha elegido porque mi cuerpo puede ser como un río: un flujo constante de láminas en perfecta cohesión, continuo, ininterrumpido. El pez decidió partir porque mi cuerpo dejó de ser como un río y se volvió más parecido a un charco. Ahora trabajo constantemente en hacer de mi cuerpo un espacio de agua viva. Cierro los ojos y casi siento la caricia húmeda de las olas que se forman a mis pies. Pienso en la irrelevancia de las consecuencias a la sombra de la disposición.

No quiero tener más peces, quiero ser agua viva.

martes, 30 de abril de 2013

Aludra

En el momento en que tomó consciencia de la nueva condición de su piel, Aludra maulló para anunciar su entrada. La pieza del baño era pequeña y se comunicaba con el jardín compartido del edificio por una pequeña ventana de marco blanco; a Aludra le gustaba entrar al baño cuando salía vapor por la ventana. Se secó los brazos con extrañeza. Formó una pinza con su dedo índice y pulgar y estiró su piel hasta una distancia imposible para la piel humana: al menos para la piel humana regular. Soltó y repitió el ejercicio un par de veces más. Se sentó desnuda sobre la taza del inodoro y pensó en lo que había hecho el día anterior. Se detuvo cuando Aludra maulló nuevamente. Se acercó intuitivamente al animal y formó la pinza con su mano derecha: estiró la piel de su brazo izquierdo lo más que pudo y envolvió a la gata con ella. Cerró los ojos. Aludra se movía sigilosamente envuelta en la piel de su dueña. Movía sus músculos con la misma agilidad de siempre, sus bigotes seguían siendo sensores altamente sensibles a cualquier fenómeno; su vista, impecable; su esqueleto, elegante.

Ahora, todo esto, también lo vivía ella: lo vivía a través de su piel. Después de un par de minutos, desenvolvió a Aludra y la colocó en el marco de la ventana. La gata volvió a ver hacia el jardín y saltó con ligereza. Se acostó sobre el suelo del baño y, como una corriente eléctrica, sintió el frío de la cerámica extenderse sobre el dorso de su cuerpo desnudo. Había sido Aludra: si, por tan solo un par de minutos, había sido su propia gata. Sonrió con intranquilidad. Ella siempre había querido ser más. Pensó: ¿Qué más podría ser? Pensó en el árbol que Aludra trepaba cuando decidía escapar de casa. Pensó en la torre de apartamentos en la que vivía. Pensó en un hombre y también pensó en una mujer. Todavía habían gotas de agua en sus muslos que ahora bajaban desde su cuerpo hasta el suelo: también quería ser esas gotas.

Aludra entró por la ventana y maulló nuevamente. Le miró fijamente a los ojos. Aludra también quería ser más. Acordaron una tregua sin palabras. Se acercó a la gata y la envolvió por completo con su piel: la ubicó en la boca de su estómago y el animal dejó de ser animal para ser un agregado de la mujer. Las dos hechas una sola salieron en forma de una mujer desnuda por la puerta del baño. Se dirigían a la ciudad.

lunes, 29 de abril de 2013

Lo que vive dentro de vos

Sé que mis palabras se quedan en la superficie cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos. Aun así, cuando te lo digo, la vida que hay dentro de vos parece querer derramarse por tus ojos y encuentro absolutamente adorable que en tu rostro se dibuje una mueca de incomprensión y ahí mismo, en tus líneas de expresión, nazca una brecha entre lo que entendés y lo que aún no sabés que entendés. Me di cuenta que lo que me gustaba de vos era lo que vive dentro de vos una de las varias veces que estuvimos en la cama y lo percibí deslizarse por tus extremidades y tu tronco y pude ver como se trataba de hacer espacio en tu cuerpo, queriendo salirse de tu piel, efervescente en tus poros: quizás tratando de extender su reinado hasta mi cuerpo. Poco después comprendí que mi atracción hacia vos no tenía nada que ver con el hecho que tus ojos sean negros y en la forma almendras; ni tampoco con el hecho que hay una distancia respetable entre cada uno de tus hombros; ni tampoco con la magnífica cualidad de tu sonrisa que en apariencia es malvada y en su esencia irremediablemente inocente. No, mi atracción hacia vos proviene de la fuente que te construye y hace de todos esos detalles hermosas consecuencias de lo que vive dentro de vos. A eso me refiero cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos: al aire frío y azul que te da vida y, apenas, se deja ver en la forma que movés tus brazos para bailar o tomar una copa. A lo que te da la unicidad que te hace irreemplazable en mi vida y que, con ironía y al mismo tiempo, te hace igual que al resto de la humanidad.

martes, 23 de abril de 2013

El verde más oscuro

Es de un color oscuro. Es una tonalidad de verde que ha sido ahogada por la oscuridad y ahora se parece mucho al negro. Es de un color que indica profundidad. Sobre su superficie, muy parecida a un jardín lleno de espinas, se observan pincelazos de luz que hablan de su lustrosa propiedad. Es el mar. Es el mar inundando toda mi vista, un cuadro que no deja espacio para nada más que para el mar. Se siente turbulento, pero no de una manera obvia. Se siente turbulento en sus entrañas. Se mueve, suave, en dirección hacia donde estoy. Aunque no me veo, me siento de pie, con los pies firmes, probablemente petrificado por la escena. Con la misma certeza que sé que su abrazo significa la muerte, sé que también significa algo más. El horror y el misterio comulgan en la tentación de ver al asesino implacable acercarse de manera sutil. ¿Qué hay detrás del mar?

El mar, inmenso mar, se siente como una pared infinita sobre mí. Mis ojos se mueven hasta el colmo de las órbitas y tengo la seguridad completa que toda el agua que existe en el mar, en ese momento, me va a aplastar: va a terminar conmigo. Abro los ojos y sé que soñé con el mar. Abro los ojos y sé que estuve en el mar. Abro los ojos y sé que he sido el mar.

miércoles, 10 de abril de 2013

El espacio para ser

A veces me sorprende con cuanta facilidad pongo en tela de juicio a lo que yo denomino como mi sustancia. Digo, dentro de lo que cabe, me considero un tipo con una cantidad de solidez respetable y, aun así, me encuentro en situaciones en las que, por decir algo, estoy acostado en una cama ancha con sábanas blancas y escucho a una voz diferente de la mía decirme algo como: “Sí, sos un hombre bueno.” Pues, no es que me no me considere un hombre bueno y, vale la pena aclararlo, tampoco es que me considere uno malo; es solo que, al momento de considerarme, jamás me ubico en ningún punto del espectro de bondad y maldad. Entonces, ocurre que doy paso libre a la idea y quizás ensimismado en mis pensamientos adquiero un nuevo peso y me hundo un poco más entre las sábanas blancas y dejo que me sofoquen porque pienso que la sensación de no tener aire es muy complementaria a la sensación de tener completamente ocupada la cabeza. “¿Será que soy un hombre bueno?” y solo pensarlo me hace estirar una de mis comisuras labiales dibujando una media sonrisa y mi compañero piensa que se trata de otra cosa y me besa. Entonces, no hay lugar para más pensamientos. No me sofocan las sábanas sino los pliegues de piel y todo el cuerpo descansa de manera armoniosa porque no hay lugar para las ideas, únicamente para la materia y no hay que ubicarse en ningún espectro ni en ninguna escala de valor porque ya no se es hombre, sino que se es animal. Hasta el momento en que la carne pierde lo tensa de su condición y es algo más parecido a un molusco y dentro del cuerpo cabe el mundo entero porque está vacío y no es soportable y algo hay que hacer. Se guarda silencio y se confía en que la providencia mueva, aunque sea, una hoja de los árboles que están enmarcados en la ventana del hotel y no pasa nada y se sienten acercarse, como una corriente de violencia, los pensamientos en forma de distintas tonalidades de mi propia voz preguntando sobre la identidad o alguna otra pregunta que es muy difícil de responder desnudo sobre una cama incómoda, no por su texturas, sino porque no es la propia y en estas condiciones no es posible mentirse a uno mismo y uno acaba por tomar como verdad absoluta el pensamiento que más se repite por que uno le asigna, a esa voz, la calidad de deidad y entonces sí, resulta que si soy un hombre bueno. Todo esto hasta que él se va y me deja con el sabor de la noche que se estiró hasta la mañana y también me deja triturado: triturado por la idea de que nunca fui un hombre bueno y si en algún momento lo fui, únicamente lo fui porque él, con su cuerpo, me brindó el espacio para serlo.