lunes, 21 de mayo de 2012

Certeza

Idéntica a su antagonista, la certeza también se extiende como un mar implacable que oprime el corazón del hombre que vive en ella. La idea aparece dento de su cabeza y se desliza, con seguridad, dentro de todo su ser. Bebe un sorbo de café, la sustancia baja por su garganta, mora en su estómago y reviste de fuerza su pensamiento.

—Estos son los días de lluvia, piensa para sí mismo. Aún cuando la estación de lluvia esté lejos del inicio que tuvo el año pasado: tengo la certeza que este es un día de lluvia. Tanta certidumbre no es buena para el espíritu del hombre. Estamos hechos necesariamente como una brecha: un vacío que existe entre la firmeza de dos porciones de tierra. La duda nos pertenece: es propia de nuestra naturaleza.

Juega con la taza de café entre sus manos y, enfocando la mirada en la ventana que encuadra su terraza, desdibuja el jardín; lo convierte en colores que oscilan entre verdes y chispazos de violeta, acentúa la vaguedad de la escena agregándole los olores de la mañana. El sol brilla caprichosamente sobre el jardín: para cualquier hombre ordinario, no existe posibilidades de lluvia.

—Los dioses le envidian al hombre su ignorancia. Ahí reside la esperanza. El hombre sin esperanza deja de ser hombre por que cierra la brecha. La llena de mar, de cielo, de viento: de algo infinito. La certeza sólo puede ser del hombre cuando es esporádica. Entonces, se convierte en revelación y la revelación, por su mismo carácter de fugaz, se convierte en esperanza. Esperanza de volver al todo en la parte y a la parte en todo. Calla la voz de su cabeza, enfoca la mirada en el cafe y bebe suavemente: Si no se tiene esperanza, se vive en la Nada.

Recoge sus manos sobre sus brazos y los lleva hasta los hombros: busca calor sobre su cuerpo. Deja la ventana, se acerca a un espejo, peina su cabello y se mira en la esquina de los ojos el brillo que otorga el horror de la certeza. Lo disimula al apartar la mirada. Recoge sus cosas y se dirige a la calle. Antes de cerrar la puerta de su casa, escucha el rumor de los cielos. Las nubes se estrujan y el sol se desvanece con premura. Empieza a llover y en el rostro del hombre no se logra descifrar cuales son lágrimas y cuales gotas de lluvia.

martes, 8 de mayo de 2012

Relato de otra ciudad

Este mes es como esa ciudad en la que el rastro de la lluvia y la congruente densidad que le precede hacen difícil que el transeúnte se mueva con total claridad. Bajo esta misma luz y no hace más de tres años, conocí a un hombre que llevaba por rostro un espejo y por ropas un material parecido a la sombra. El restaurante chino en el que nos conocimos por vez primera tenía por atributos cerveza barata, desde muy temprano en el día, y esa hermosa cualidad de atrapar dentro del local el humo de los cigarrillos y las voces de los visitantes como rumores. Alejé mi vista del cuaderno en el que llevaba registro de los días y la dirigí a la presencia de este hombre que parecía ser entendido en materia de la estación del tiempo y, por consecuencia, de la ciudad en la que los dos coexistíamos. Convencido por la romántica idea de mi destino, regresé religiosamente al restaurante a tomar uno o dos litros de cerveza y llevar, creía yo de manera discreta, estricto registro de los movimientos y actitudes de aquel hombre que fumaba y bebía algún tipo de licor caliente acostado sobre su hombro izquierdo en la ventana que comunicaba a las mesas en dónde otros jugaban damas. Le vestí de cualquier suerte de encantos: sus labios deben ser finos, afilados en las orillas; sus ojos, redondos y con un sútil brillo que sólo descubre el verdadero observador; vive en esta ciudad y, como yo, está atrapado en la incertidumbre de la que nos llena vivir a medias, existir en esta luz tenue: sin más seguridad que la tiene la mata que crece a la orilla de la carretera en este maldito invierno. El invierno terminó tres meses después de la primera visita y las notas, como mis visitas, se fueron acumulando sin que yo tuviera la oportunidad (¿o habrá sido el valor?) de cruzar una sola palabra con él. Pocos días después, él dejó de llegar al restaurante. Decidí darlo por perdido un par de semanas después, cuando la ansiedad y el vapor de los días precedentes a la lluvia se me hiceron insoportables. La luz del cielo comenzaba a tomar un tono más claro y la densidad en la que había vivido envuelto por esos meses se fueron despejando. Camino a casa siempre dirigía una mirada hacia las vitrinas del restaurante chino que brillaban en tonos anaranjados; esperando encontrarlo inclinado sobre la ventana, bebiendo de una copa alargada y mostrándome, con su postura, cual era el misterio que se reservaba a contarme esta época del año. Que el tiempo no se mide con el tiempo de los números y que cualquier fragmento de vida es un misterio que llevamos sin resolver a medias del tórax, lo comprendí cuando en sueños logré ver el rostro del hombre vestido de negro y en lugar de labios afilados y ojos negros ví mi rostro pulido en su rostro de espejo: uno que, a su vez, reflejaba todos los rostros de mi vida. Cuando terminó el sueño, regresé a mis notas y escribí este relato tres años despues: viviendo todo ese tiempo y toda esa ciudad en otro tiempo y en otra ciudad.