martes, 30 de abril de 2013

Aludra

En el momento en que tomó consciencia de la nueva condición de su piel, Aludra maulló para anunciar su entrada. La pieza del baño era pequeña y se comunicaba con el jardín compartido del edificio por una pequeña ventana de marco blanco; a Aludra le gustaba entrar al baño cuando salía vapor por la ventana. Se secó los brazos con extrañeza. Formó una pinza con su dedo índice y pulgar y estiró su piel hasta una distancia imposible para la piel humana: al menos para la piel humana regular. Soltó y repitió el ejercicio un par de veces más. Se sentó desnuda sobre la taza del inodoro y pensó en lo que había hecho el día anterior. Se detuvo cuando Aludra maulló nuevamente. Se acercó intuitivamente al animal y formó la pinza con su mano derecha: estiró la piel de su brazo izquierdo lo más que pudo y envolvió a la gata con ella. Cerró los ojos. Aludra se movía sigilosamente envuelta en la piel de su dueña. Movía sus músculos con la misma agilidad de siempre, sus bigotes seguían siendo sensores altamente sensibles a cualquier fenómeno; su vista, impecable; su esqueleto, elegante.

Ahora, todo esto, también lo vivía ella: lo vivía a través de su piel. Después de un par de minutos, desenvolvió a Aludra y la colocó en el marco de la ventana. La gata volvió a ver hacia el jardín y saltó con ligereza. Se acostó sobre el suelo del baño y, como una corriente eléctrica, sintió el frío de la cerámica extenderse sobre el dorso de su cuerpo desnudo. Había sido Aludra: si, por tan solo un par de minutos, había sido su propia gata. Sonrió con intranquilidad. Ella siempre había querido ser más. Pensó: ¿Qué más podría ser? Pensó en el árbol que Aludra trepaba cuando decidía escapar de casa. Pensó en la torre de apartamentos en la que vivía. Pensó en un hombre y también pensó en una mujer. Todavía habían gotas de agua en sus muslos que ahora bajaban desde su cuerpo hasta el suelo: también quería ser esas gotas.

Aludra entró por la ventana y maulló nuevamente. Le miró fijamente a los ojos. Aludra también quería ser más. Acordaron una tregua sin palabras. Se acercó a la gata y la envolvió por completo con su piel: la ubicó en la boca de su estómago y el animal dejó de ser animal para ser un agregado de la mujer. Las dos hechas una sola salieron en forma de una mujer desnuda por la puerta del baño. Se dirigían a la ciudad.

lunes, 29 de abril de 2013

Lo que vive dentro de vos

Sé que mis palabras se quedan en la superficie cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos. Aun así, cuando te lo digo, la vida que hay dentro de vos parece querer derramarse por tus ojos y encuentro absolutamente adorable que en tu rostro se dibuje una mueca de incomprensión y ahí mismo, en tus líneas de expresión, nazca una brecha entre lo que entendés y lo que aún no sabés que entendés. Me di cuenta que lo que me gustaba de vos era lo que vive dentro de vos una de las varias veces que estuvimos en la cama y lo percibí deslizarse por tus extremidades y tu tronco y pude ver como se trataba de hacer espacio en tu cuerpo, queriendo salirse de tu piel, efervescente en tus poros: quizás tratando de extender su reinado hasta mi cuerpo. Poco después comprendí que mi atracción hacia vos no tenía nada que ver con el hecho que tus ojos sean negros y en la forma almendras; ni tampoco con el hecho que hay una distancia respetable entre cada uno de tus hombros; ni tampoco con la magnífica cualidad de tu sonrisa que en apariencia es malvada y en su esencia irremediablemente inocente. No, mi atracción hacia vos proviene de la fuente que te construye y hace de todos esos detalles hermosas consecuencias de lo que vive dentro de vos. A eso me refiero cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos: al aire frío y azul que te da vida y, apenas, se deja ver en la forma que movés tus brazos para bailar o tomar una copa. A lo que te da la unicidad que te hace irreemplazable en mi vida y que, con ironía y al mismo tiempo, te hace igual que al resto de la humanidad.

martes, 23 de abril de 2013

El verde más oscuro

Es de un color oscuro. Es una tonalidad de verde que ha sido ahogada por la oscuridad y ahora se parece mucho al negro. Es de un color que indica profundidad. Sobre su superficie, muy parecida a un jardín lleno de espinas, se observan pincelazos de luz que hablan de su lustrosa propiedad. Es el mar. Es el mar inundando toda mi vista, un cuadro que no deja espacio para nada más que para el mar. Se siente turbulento, pero no de una manera obvia. Se siente turbulento en sus entrañas. Se mueve, suave, en dirección hacia donde estoy. Aunque no me veo, me siento de pie, con los pies firmes, probablemente petrificado por la escena. Con la misma certeza que sé que su abrazo significa la muerte, sé que también significa algo más. El horror y el misterio comulgan en la tentación de ver al asesino implacable acercarse de manera sutil. ¿Qué hay detrás del mar?

El mar, inmenso mar, se siente como una pared infinita sobre mí. Mis ojos se mueven hasta el colmo de las órbitas y tengo la seguridad completa que toda el agua que existe en el mar, en ese momento, me va a aplastar: va a terminar conmigo. Abro los ojos y sé que soñé con el mar. Abro los ojos y sé que estuve en el mar. Abro los ojos y sé que he sido el mar.

miércoles, 10 de abril de 2013

El espacio para ser

A veces me sorprende con cuanta facilidad pongo en tela de juicio a lo que yo denomino como mi sustancia. Digo, dentro de lo que cabe, me considero un tipo con una cantidad de solidez respetable y, aun así, me encuentro en situaciones en las que, por decir algo, estoy acostado en una cama ancha con sábanas blancas y escucho a una voz diferente de la mía decirme algo como: “Sí, sos un hombre bueno.” Pues, no es que me no me considere un hombre bueno y, vale la pena aclararlo, tampoco es que me considere uno malo; es solo que, al momento de considerarme, jamás me ubico en ningún punto del espectro de bondad y maldad. Entonces, ocurre que doy paso libre a la idea y quizás ensimismado en mis pensamientos adquiero un nuevo peso y me hundo un poco más entre las sábanas blancas y dejo que me sofoquen porque pienso que la sensación de no tener aire es muy complementaria a la sensación de tener completamente ocupada la cabeza. “¿Será que soy un hombre bueno?” y solo pensarlo me hace estirar una de mis comisuras labiales dibujando una media sonrisa y mi compañero piensa que se trata de otra cosa y me besa. Entonces, no hay lugar para más pensamientos. No me sofocan las sábanas sino los pliegues de piel y todo el cuerpo descansa de manera armoniosa porque no hay lugar para las ideas, únicamente para la materia y no hay que ubicarse en ningún espectro ni en ninguna escala de valor porque ya no se es hombre, sino que se es animal. Hasta el momento en que la carne pierde lo tensa de su condición y es algo más parecido a un molusco y dentro del cuerpo cabe el mundo entero porque está vacío y no es soportable y algo hay que hacer. Se guarda silencio y se confía en que la providencia mueva, aunque sea, una hoja de los árboles que están enmarcados en la ventana del hotel y no pasa nada y se sienten acercarse, como una corriente de violencia, los pensamientos en forma de distintas tonalidades de mi propia voz preguntando sobre la identidad o alguna otra pregunta que es muy difícil de responder desnudo sobre una cama incómoda, no por su texturas, sino porque no es la propia y en estas condiciones no es posible mentirse a uno mismo y uno acaba por tomar como verdad absoluta el pensamiento que más se repite por que uno le asigna, a esa voz, la calidad de deidad y entonces sí, resulta que si soy un hombre bueno. Todo esto hasta que él se va y me deja con el sabor de la noche que se estiró hasta la mañana y también me deja triturado: triturado por la idea de que nunca fui un hombre bueno y si en algún momento lo fui, únicamente lo fui porque él, con su cuerpo, me brindó el espacio para serlo.