Sé que mis palabras se quedan en la superficie cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos. Aun así, cuando te lo digo, la vida que hay dentro de vos parece querer derramarse por tus ojos y encuentro absolutamente adorable que en tu rostro se dibuje una mueca de incomprensión y ahí mismo, en tus líneas de expresión, nazca una brecha entre lo que entendés y lo que aún no sabés que entendés. Me di cuenta que lo que me gustaba de vos era lo que vive dentro de vos una de las varias veces que estuvimos en la cama y lo percibí deslizarse por tus extremidades y tu tronco y pude ver como se trataba de hacer espacio en tu cuerpo, queriendo salirse de tu piel, efervescente en tus poros: quizás tratando de extender su reinado hasta mi cuerpo. Poco después comprendí que mi atracción hacia vos no tenía nada que ver con el hecho que tus ojos sean negros y en la forma almendras; ni tampoco con el hecho que hay una distancia respetable entre cada uno de tus hombros; ni tampoco con la magnífica cualidad de tu sonrisa que en apariencia es malvada y en su esencia irremediablemente inocente. No, mi atracción hacia vos proviene de la fuente que te construye y hace de todos esos detalles hermosas consecuencias de lo que vive dentro de vos. A eso me refiero cuando te digo que me encanta la vida que hay dentro de vos: al aire frío y azul que te da vida y, apenas, se deja ver en la forma que movés tus brazos para bailar o tomar una copa. A lo que te da la unicidad que te hace irreemplazable en mi vida y que, con ironía y al mismo tiempo, te hace igual que al resto de la humanidad.
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