domingo, 12 de agosto de 2012

Intenciones en la mesa

Siempre se metía en problemas cuando decía que, para ella, las intenciones, por sí mismas, eran suficiente. A los demás esta aseveración parecía causarles un efecto de efervesencia en sus cócteles y, también, dentro de ellos. No es que en todo los relativo a su vida ella se haya quedado a la mitad del camino, explicaba; es sólo que, para las cosas de mayor gravedad, ella prefería las intenciones: como los árboles que se inclinan sobre las carreteras con clara disposición a tocarla; pero, sin nunca hacer contacto.

Por cosas graves ella se refería a los asuntos del espíritu. Les recordaba de lo más temprano de su juventud: desempolvó el mapa, marcó las mejores rutas (las que le habían recomendado los que antes habían emprendido el viaje); incluso llegó a moverse uno o dos pasos en dirección hacia su destino: pero, en el camino decidió detenerse. Eso, según ella, era lo glorioso de las intenciones: le revestían, al que intenta, de un cierto tinte de misterio sin que ello implique que terminaría colgada de la sala de la casa de sus abuelos.

Entonces, tomaba una sorbo de su copa y dirigía una mirada de trescientos sesenta grados a la habitación: examinaba las miradas en su audiencia. Rostros cuadrados, cejas acentuadas, bocas torcidas y cualquiera de esos gestos que se dibujan en un rostro cuando hay una mezcla de desapruebo y confusión. Les decía que tampoco esperaba que comprendieran su afirmación de entrada: no todos tienen el mismo camino para andar (aunque, creía, que si el mismo final). Para algunos es más fácil que para otros, afirmaba.

Cuando le preguntaban que, entonces, a qué dedicaba su vida ahora; ella respondía, sonriente, que a cosas más ligeras. Actividades rutinarias que en su ejecución no se alejen de lo que ella sabe que es de ella y decidió no reclamar: intenciones, bellos espejimos cercanos a una realidad intocable. Sí, en algún momento consideró (más de un par de veces) retomar el camino y lanzarse, venturosa, a la conquista de todo aquello que ella misma se había negado durante tantos años; pero, les explicaba que esto lo articulaba dentro de una cabeza a medio sumergir en la cálida comodidad de una tina llena de agua tibia.

Para terminar su discurso, elegía explicarles que en el mundo de ahora las intenciones son una condición del espíritu y que ocupaba la palabra condición con todo su parecido al de la palabra enfermedad. En un mundo enfermo es fácil que padezca el espíritu y creía fervientemente que, los que intentaban, los que decidían acercarse, son más grandes que los que sólo echan tierra sobre el camino. Terminaba su copa de vino y preguntaba, al espacio vacío, por opiniones.

Los demás, con rostros perplejos, decidían que mejor lo dejaban por el bien de la amistad y alguno (quizás el más afectado) preguntaba por el clima, la última catástrofe natural o algún documental que recién hubiese salido por la televisión y hablara de todos estos elementos de manera elocuente.

lunes, 21 de mayo de 2012

Certeza

Idéntica a su antagonista, la certeza también se extiende como un mar implacable que oprime el corazón del hombre que vive en ella. La idea aparece dento de su cabeza y se desliza, con seguridad, dentro de todo su ser. Bebe un sorbo de café, la sustancia baja por su garganta, mora en su estómago y reviste de fuerza su pensamiento.

—Estos son los días de lluvia, piensa para sí mismo. Aún cuando la estación de lluvia esté lejos del inicio que tuvo el año pasado: tengo la certeza que este es un día de lluvia. Tanta certidumbre no es buena para el espíritu del hombre. Estamos hechos necesariamente como una brecha: un vacío que existe entre la firmeza de dos porciones de tierra. La duda nos pertenece: es propia de nuestra naturaleza.

Juega con la taza de café entre sus manos y, enfocando la mirada en la ventana que encuadra su terraza, desdibuja el jardín; lo convierte en colores que oscilan entre verdes y chispazos de violeta, acentúa la vaguedad de la escena agregándole los olores de la mañana. El sol brilla caprichosamente sobre el jardín: para cualquier hombre ordinario, no existe posibilidades de lluvia.

—Los dioses le envidian al hombre su ignorancia. Ahí reside la esperanza. El hombre sin esperanza deja de ser hombre por que cierra la brecha. La llena de mar, de cielo, de viento: de algo infinito. La certeza sólo puede ser del hombre cuando es esporádica. Entonces, se convierte en revelación y la revelación, por su mismo carácter de fugaz, se convierte en esperanza. Esperanza de volver al todo en la parte y a la parte en todo. Calla la voz de su cabeza, enfoca la mirada en el cafe y bebe suavemente: Si no se tiene esperanza, se vive en la Nada.

Recoge sus manos sobre sus brazos y los lleva hasta los hombros: busca calor sobre su cuerpo. Deja la ventana, se acerca a un espejo, peina su cabello y se mira en la esquina de los ojos el brillo que otorga el horror de la certeza. Lo disimula al apartar la mirada. Recoge sus cosas y se dirige a la calle. Antes de cerrar la puerta de su casa, escucha el rumor de los cielos. Las nubes se estrujan y el sol se desvanece con premura. Empieza a llover y en el rostro del hombre no se logra descifrar cuales son lágrimas y cuales gotas de lluvia.

martes, 8 de mayo de 2012

Relato de otra ciudad

Este mes es como esa ciudad en la que el rastro de la lluvia y la congruente densidad que le precede hacen difícil que el transeúnte se mueva con total claridad. Bajo esta misma luz y no hace más de tres años, conocí a un hombre que llevaba por rostro un espejo y por ropas un material parecido a la sombra. El restaurante chino en el que nos conocimos por vez primera tenía por atributos cerveza barata, desde muy temprano en el día, y esa hermosa cualidad de atrapar dentro del local el humo de los cigarrillos y las voces de los visitantes como rumores. Alejé mi vista del cuaderno en el que llevaba registro de los días y la dirigí a la presencia de este hombre que parecía ser entendido en materia de la estación del tiempo y, por consecuencia, de la ciudad en la que los dos coexistíamos. Convencido por la romántica idea de mi destino, regresé religiosamente al restaurante a tomar uno o dos litros de cerveza y llevar, creía yo de manera discreta, estricto registro de los movimientos y actitudes de aquel hombre que fumaba y bebía algún tipo de licor caliente acostado sobre su hombro izquierdo en la ventana que comunicaba a las mesas en dónde otros jugaban damas. Le vestí de cualquier suerte de encantos: sus labios deben ser finos, afilados en las orillas; sus ojos, redondos y con un sútil brillo que sólo descubre el verdadero observador; vive en esta ciudad y, como yo, está atrapado en la incertidumbre de la que nos llena vivir a medias, existir en esta luz tenue: sin más seguridad que la tiene la mata que crece a la orilla de la carretera en este maldito invierno. El invierno terminó tres meses después de la primera visita y las notas, como mis visitas, se fueron acumulando sin que yo tuviera la oportunidad (¿o habrá sido el valor?) de cruzar una sola palabra con él. Pocos días después, él dejó de llegar al restaurante. Decidí darlo por perdido un par de semanas después, cuando la ansiedad y el vapor de los días precedentes a la lluvia se me hiceron insoportables. La luz del cielo comenzaba a tomar un tono más claro y la densidad en la que había vivido envuelto por esos meses se fueron despejando. Camino a casa siempre dirigía una mirada hacia las vitrinas del restaurante chino que brillaban en tonos anaranjados; esperando encontrarlo inclinado sobre la ventana, bebiendo de una copa alargada y mostrándome, con su postura, cual era el misterio que se reservaba a contarme esta época del año. Que el tiempo no se mide con el tiempo de los números y que cualquier fragmento de vida es un misterio que llevamos sin resolver a medias del tórax, lo comprendí cuando en sueños logré ver el rostro del hombre vestido de negro y en lugar de labios afilados y ojos negros ví mi rostro pulido en su rostro de espejo: uno que, a su vez, reflejaba todos los rostros de mi vida. Cuando terminó el sueño, regresé a mis notas y escribí este relato tres años despues: viviendo todo ese tiempo y toda esa ciudad en otro tiempo y en otra ciudad.

domingo, 25 de marzo de 2012

Equinoccio

Te encuentro ahí adonde encuentro la profunda vanidad que es el culto a uno mismo. Eso mismo es el encanto de tu presencia: encontrarte en las pequeñas cosas; en las que no requieren, sino, la mínima cantidad de energía y la disposición al vacío, a la nada. El anuncio de tu llegada es el olor de Mayo. El olor agridulce de las frutas que han caído al suelo y se aplastan bajo el peso de las plantas de tus pies mientras te revistes de las flores: no las más hermosas; sino, las más sencillas, las que caen en la ordinariedad que otorga lo silvestre, las que se parecen más a lo humano. Lo que otorga tu presencia es la apertura a la vastedad que se lleva doblada en el tórax: suspenderse en la música, escuchar la voz del mar. La comodidad de reconocerse a uno mismo como la más sencilla de las fichas del juego: ningún movimiento tiene ya una consecuencia, nuestra dinámica es la ley natural: el errático patrón del azar y saber que en este también reside el orden perfecto (aunque sonriamos por que se le parece más al caos). Tu poder es la eterna indiferencia del círculo que forman el día y las noches. Vernos en el espejo sin importar el rostro que construye el reflejo por que somos eternamente jóvenes, con la belleza que reviste a las alas de los pájaros, la que da volverse ligero como el polvo, la que encuentro en recostarme en el suelo y alimentarme de la unicidad que forma mi cuerpo y el de todos los demás con esta tierra. Tu existencia me fascina y tu voz está llena del encanto de los símbolos que nos recuerdan que esta tierra, este instante, no es ni Arriba, ni Abajo: sino el Medio. El sonido ensordecedor de todos aquellas voces que no alcanzamos a ser algo más sino este preciso momento.

martes, 6 de marzo de 2012

El lago por las noches

Me parece que he estado aquí, frente a este lago, un millón de veces: quizás desde el inicio de todos los tiempos. El agua oscurecida por la noche se desliza suavemente sobre la arena húmeda y aunque baña una gran extensión de tierra, pareciera que no se atreve a mojar las puntas de los dedos de mis pies si yo, en primer lugar, no le ofrezco una invitación a hacerlo cruzando la delgada línea de espacio que hay entre toda esa inmensa superficie de agua y mi minúsculo cuerpo. Este lago vive únicamente para mí, en mis sueños. Al momento de entregarme al misterioso mundo que es el subconsciente, se construye a partir de mis más recónditos recuerdos y se alimenta, de manera congruente, de la noche que mece mi cuerpo mientras duermo. Habrán días en los que presiento que finalmente cruzaré esa frontera y encontraré lo que hay para mí dentro del lado; pero, mi rostro en el espejo de las mañanas sólo refleja un gesto vacuo, sin ánimos de victoria. Habrán otros días en los que la lucha por no soñarle me produce la más desgarrante de las angustias y veo el lago, siento su aroma, aún sin cerrar los ojos. Los días se convierten en el amplio campo para resolver el arcetijo que me resguarda su encuentro y las noches, finalmente: un encuentro no fortuito. Hasta esta noche. Hasta esta noche que he resuelto con entera consciencia que este lago no es el mío, que esta agua y lo que ella guarda debajo de su denso manto no es para mí . El lago, a partir de mi resolución, se viste de un tono claro y deja de arrojarse hacia mí para arrojarse, naturalmente, a la costa. Esta noche es lo más cerca que he estado de descubrir lo que el lago guarda para mí: desde el horizonte y hacia el este de la costa, una imagen verdusca parecida a una versión desfigurada de mí mismo se deslizó rápidamente frente a mí hasta ser irreconocible en la distancia. Despierto por la mañana, veo el reflejo de mi rostro en el espejo y en el brillo de las órbitas de mis ojos leo como una impresión fugaz: Ese lago es mío, esas noches son mías, ese cuerpo es el mío y todo se reduce a una cuestión más sencilla: este tiempo todavía no me pertenece.

domingo, 19 de febrero de 2012

Yo soy como la tarde

Yo soy como la tarde. Un puente que conecta dos estados lo suficientemente grandes como para que él mismo pase, casi, por desapercibido. El cielo se derrama suavemente por entre las ramas de los árboles en gotas de sustancia anaranjada; el tiempo se detiene aunque los minutos sigan avanzando: la tarde es una pausa incómoda que no siempre se decide vivir despierto. Si lo pienso con más cuidado, la tarde también fue creada para el sacrificio: su efemeridad la condena a una muerte inminente; las mañanas la empujan hacia el descoloramiento y las noches la atropellan con sus largos brazos oscuros. ¿Quién decide vivir las tardes? ¿Quién decide convertir su misma existencia en este sacrificio? El conocimiento del corazón humano es una aventura peligrosa. Es de unos pocos reconocer que la válvula que llevamos en el pecho tiene fecha de caducidad; que los ojos con los que vemos algún día estarán tan vacíos como lo está el aire fresco de la noche; que las manos con las que tocamos lo que llamamos nuestro algún día desaparecerán de la misma manera en que la luz cegadora del sol desaparece cualquier rastro de la humedad de la madrugada. Aquí reside el encanto de la tarde: en ser, por sí mismo, un pequeño instante de piedra (y, al mismo tiempo, el instante más frágil) que recuerda que caminamos sobre la nada y nos dirigimos, también, hacia la nada.  Aunque pareciera que todo el encantamiento de la tarde termina sobre esta última realidad; el cielo, la luz que lo transforma, la forma en la que las hojas se encienden de miles de tonalidades de verde, el frescor que proviene de las esquinas de la ciudad, los rumores lejanos que trae consigo la hermosa muerte de la tarde; todo ello, se acerca hasta el lugar desde dónde observo el sacrificio y me envuelve de su fugacidad. Entonces, concluyo: soy como la tarde. Soy un puente. Tengo los días contados y seré hermoso por el más breve de los instantes aún cuando nadie esté presente para ser testigo.