Siempre se metía en problemas cuando decía que, para ella, las intenciones, por sí mismas, eran suficiente. A los demás esta aseveración parecía causarles un efecto de efervesencia en sus cócteles y, también, dentro de ellos. No es que en todo los relativo a su vida ella se haya quedado a la mitad del camino, explicaba; es sólo que, para las cosas de mayor gravedad, ella prefería las intenciones: como los árboles que se inclinan sobre las carreteras con clara disposición a tocarla; pero, sin nunca hacer contacto.
Por cosas graves ella se refería a los asuntos del espíritu. Les recordaba de lo más temprano de su juventud: desempolvó el mapa, marcó las mejores rutas (las que le habían recomendado los que antes habían emprendido el viaje); incluso llegó a moverse uno o dos pasos en dirección hacia su destino: pero, en el camino decidió detenerse. Eso, según ella, era lo glorioso de las intenciones: le revestían, al que intenta, de un cierto tinte de misterio sin que ello implique que terminaría colgada de la sala de la casa de sus abuelos.
Entonces, tomaba una sorbo de su copa y dirigía una mirada de trescientos sesenta grados a la habitación: examinaba las miradas en su audiencia. Rostros cuadrados, cejas acentuadas, bocas torcidas y cualquiera de esos gestos que se dibujan en un rostro cuando hay una mezcla de desapruebo y confusión. Les decía que tampoco esperaba que comprendieran su afirmación de entrada: no todos tienen el mismo camino para andar (aunque, creía, que si el mismo final). Para algunos es más fácil que para otros, afirmaba.
Cuando le preguntaban que, entonces, a qué dedicaba su vida ahora; ella respondía, sonriente, que a cosas más ligeras. Actividades rutinarias que en su ejecución no se alejen de lo que ella sabe que es de ella y decidió no reclamar: intenciones, bellos espejimos cercanos a una realidad intocable. Sí, en algún momento consideró (más de un par de veces) retomar el camino y lanzarse, venturosa, a la conquista de todo aquello que ella misma se había negado durante tantos años; pero, les explicaba que esto lo articulaba dentro de una cabeza a medio sumergir en la cálida comodidad de una tina llena de agua tibia.
Para terminar su discurso, elegía explicarles que en el mundo de ahora las intenciones son una condición del espíritu y que ocupaba la palabra condición con todo su parecido al de la palabra enfermedad. En un mundo enfermo es fácil que padezca el espíritu y creía fervientemente que, los que intentaban, los que decidían acercarse, son más grandes que los que sólo echan tierra sobre el camino. Terminaba su copa de vino y preguntaba, al espacio vacío, por opiniones.
Los demás, con rostros perplejos, decidían que mejor lo dejaban por el bien de la amistad y alguno (quizás el más afectado) preguntaba por el clima, la última catástrofe natural o algún documental que recién hubiese salido por la televisión y hablara de todos estos elementos de manera elocuente.