domingo, 25 de marzo de 2012

Equinoccio

Te encuentro ahí adonde encuentro la profunda vanidad que es el culto a uno mismo. Eso mismo es el encanto de tu presencia: encontrarte en las pequeñas cosas; en las que no requieren, sino, la mínima cantidad de energía y la disposición al vacío, a la nada. El anuncio de tu llegada es el olor de Mayo. El olor agridulce de las frutas que han caído al suelo y se aplastan bajo el peso de las plantas de tus pies mientras te revistes de las flores: no las más hermosas; sino, las más sencillas, las que caen en la ordinariedad que otorga lo silvestre, las que se parecen más a lo humano. Lo que otorga tu presencia es la apertura a la vastedad que se lleva doblada en el tórax: suspenderse en la música, escuchar la voz del mar. La comodidad de reconocerse a uno mismo como la más sencilla de las fichas del juego: ningún movimiento tiene ya una consecuencia, nuestra dinámica es la ley natural: el errático patrón del azar y saber que en este también reside el orden perfecto (aunque sonriamos por que se le parece más al caos). Tu poder es la eterna indiferencia del círculo que forman el día y las noches. Vernos en el espejo sin importar el rostro que construye el reflejo por que somos eternamente jóvenes, con la belleza que reviste a las alas de los pájaros, la que da volverse ligero como el polvo, la que encuentro en recostarme en el suelo y alimentarme de la unicidad que forma mi cuerpo y el de todos los demás con esta tierra. Tu existencia me fascina y tu voz está llena del encanto de los símbolos que nos recuerdan que esta tierra, este instante, no es ni Arriba, ni Abajo: sino el Medio. El sonido ensordecedor de todos aquellas voces que no alcanzamos a ser algo más sino este preciso momento.

martes, 6 de marzo de 2012

El lago por las noches

Me parece que he estado aquí, frente a este lago, un millón de veces: quizás desde el inicio de todos los tiempos. El agua oscurecida por la noche se desliza suavemente sobre la arena húmeda y aunque baña una gran extensión de tierra, pareciera que no se atreve a mojar las puntas de los dedos de mis pies si yo, en primer lugar, no le ofrezco una invitación a hacerlo cruzando la delgada línea de espacio que hay entre toda esa inmensa superficie de agua y mi minúsculo cuerpo. Este lago vive únicamente para mí, en mis sueños. Al momento de entregarme al misterioso mundo que es el subconsciente, se construye a partir de mis más recónditos recuerdos y se alimenta, de manera congruente, de la noche que mece mi cuerpo mientras duermo. Habrán días en los que presiento que finalmente cruzaré esa frontera y encontraré lo que hay para mí dentro del lado; pero, mi rostro en el espejo de las mañanas sólo refleja un gesto vacuo, sin ánimos de victoria. Habrán otros días en los que la lucha por no soñarle me produce la más desgarrante de las angustias y veo el lago, siento su aroma, aún sin cerrar los ojos. Los días se convierten en el amplio campo para resolver el arcetijo que me resguarda su encuentro y las noches, finalmente: un encuentro no fortuito. Hasta esta noche. Hasta esta noche que he resuelto con entera consciencia que este lago no es el mío, que esta agua y lo que ella guarda debajo de su denso manto no es para mí . El lago, a partir de mi resolución, se viste de un tono claro y deja de arrojarse hacia mí para arrojarse, naturalmente, a la costa. Esta noche es lo más cerca que he estado de descubrir lo que el lago guarda para mí: desde el horizonte y hacia el este de la costa, una imagen verdusca parecida a una versión desfigurada de mí mismo se deslizó rápidamente frente a mí hasta ser irreconocible en la distancia. Despierto por la mañana, veo el reflejo de mi rostro en el espejo y en el brillo de las órbitas de mis ojos leo como una impresión fugaz: Ese lago es mío, esas noches son mías, ese cuerpo es el mío y todo se reduce a una cuestión más sencilla: este tiempo todavía no me pertenece.