A veces me sorprende con cuanta facilidad pongo en tela de juicio a lo que yo denomino como mi sustancia. Digo, dentro de lo que cabe, me considero un tipo con una cantidad de solidez respetable y, aun así, me encuentro en situaciones en las que, por decir algo, estoy acostado en una cama ancha con sábanas blancas y escucho a una voz diferente de la mía decirme algo como: “Sí, sos un hombre bueno.” Pues, no es que me no me considere un hombre bueno y, vale la pena aclararlo, tampoco es que me considere uno malo; es solo que, al momento de considerarme, jamás me ubico en ningún punto del espectro de bondad y maldad. Entonces, ocurre que doy paso libre a la idea y quizás ensimismado en mis pensamientos adquiero un nuevo peso y me hundo un poco más entre las sábanas blancas y dejo que me sofoquen porque pienso que la sensación de no tener aire es muy complementaria a la sensación de tener completamente ocupada la cabeza. “¿Será que soy un hombre bueno?” y solo pensarlo me hace estirar una de mis comisuras labiales dibujando una media sonrisa y mi compañero piensa que se trata de otra cosa y me besa. Entonces, no hay lugar para más pensamientos. No me sofocan las sábanas sino los pliegues de piel y todo el cuerpo descansa de manera armoniosa porque no hay lugar para las ideas, únicamente para la materia y no hay que ubicarse en ningún espectro ni en ninguna escala de valor porque ya no se es hombre, sino que se es animal. Hasta el momento en que la carne pierde lo tensa de su condición y es algo más parecido a un molusco y dentro del cuerpo cabe el mundo entero porque está vacío y no es soportable y algo hay que hacer. Se guarda silencio y se confía en que la providencia mueva, aunque sea, una hoja de los árboles que están enmarcados en la ventana del hotel y no pasa nada y se sienten acercarse, como una corriente de violencia, los pensamientos en forma de distintas tonalidades de mi propia voz preguntando sobre la identidad o alguna otra pregunta que es muy difícil de responder desnudo sobre una cama incómoda, no por su texturas, sino porque no es la propia y en estas condiciones no es posible mentirse a uno mismo y uno acaba por tomar como verdad absoluta el pensamiento que más se repite por que uno le asigna, a esa voz, la calidad de deidad y entonces sí, resulta que si soy un hombre bueno. Todo esto hasta que él se va y me deja con el sabor de la noche que se estiró hasta la mañana y también me deja triturado: triturado por la idea de que nunca fui un hombre bueno y si en algún momento lo fui, únicamente lo fui porque él, con su cuerpo, me brindó el espacio para serlo.
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