Desperté en la habitación de mi hostal dos horas después de haber tomado unas cuantas copas del cabernet sauvignon que me habían ofrecido en un café. Eran las siete y cuarenta minutos. Estaba solo: como debería ser. Me arreglé apresurado y salí por el portón de metal: el frío de la noche me golpeó en el pecho. Tomé unos cuantos minutos para ubicarme: estaba en una ciudad que, aunque extranjera, había visitado un ciento de veces. ¿Cómo era posible que me intimidara? ¿Cómo era posible que me detuviera a unos cuantos metros de mi hostal y considerara regresar a la cama, a los confines de donde-no-pasa-nada? Brotó en mi cabeza una voz: “Me pone nervioso la idea de que nada tenga sentido” Apresuré el paso con la esperanza de que el pensamiento se difuminara en el azul frío de la noche. Me decidí por un restaurante francés. También escogí vino: esta vez malbec. Bajaba por mi garganta, denso y aterciopelado, y recorría mi sangre repitiendo con un tono más amigable: “Me pone nervioso la idea de que nada tenga sentido.” Dejé salir una carcajada modesta: por supuesto que me pone nervioso esta idea. ¿A quién no? Ordené una copa más: el malbec, esta ciudad y yo concordábamos en la reacción natural frente a este pensamiento. Pedí la cuenta de la cena y acomodé mi abrigo para regresar a la noche. Prendí un cigarro y a menos de diez pasos apareció nuevamente la voz repitiendo lo mismo que antes. El humo del cigarrillo se escapó entre el espacio que hicieron mis labios para gesticular una sonrisa. Las cosas habían cambiado. No podía decir que la idea de que estamos regidos por el azar me provocaba incomodidad alguna. Ahora, frente a la misma idea, mi cuerpo reaccionaba con alegría: “Me encanta la idea de que nada tiene sentido.” Decidí que, al igual que el primer pensamiento, yo también me difuminaría en el azul frío de la noche.
Hasta adónde recuerdo así fue.
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