Casi siento la caricia húmeda de las aletas del pez que llevo vivo a la altura del tórax. Se mueve, elegante, en el perímetro invisible de lo que ha definido como su universo. Su posible extinción me hace traer a este tiempo las sombras metálicas que trae consigo el dolor. Su existencia no se mide a partir del día en el que decidió adjuntarse a mi cuerpo; sino, como un conteo de los días que aún permanece depositado en una burbuja invisible compatible a mi cuerpo. Miro sus ojos redondos sin expresión, las puntas alargadas de sus aletas, la forma en que está diseñado para ser un espejo en el fondo del mar: sus atributos me asfixian. Me entorpece la respiración rodear la idea de su partida. Veo mis ojos sin expresión, pálidas las puntas de mis dedos y mi rostro como el consecuente reflejo de la falta de armonía. ¿En qué momento decidirá irse? ¿Adónde irá? ¿Volverá? El pez me ha elegido porque mi cuerpo puede ser como un río: un flujo constante de láminas en perfecta cohesión, continuo, ininterrumpido. El pez decidió partir porque mi cuerpo dejó de ser como un río y se volvió más parecido a un charco. Ahora trabajo constantemente en hacer de mi cuerpo un espacio de agua viva. Cierro los ojos y casi siento la caricia húmeda de las olas que se forman a mis pies. Pienso en la irrelevancia de las consecuencias a la sombra de la disposición.
No quiero tener más peces, quiero ser agua viva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario